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NUESTRO DIOS, EL HOMBRE


Nuestro dios, el hombre
ver la tapa ampliada
por Antonio Rafael Martínez Muñoz
LibrosEnRed, 2005
COLECCIÓN: Novelas (vea otros libros de la misma colección)

Edición Electrónica
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236 páginas
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Bajo el cielo y contra la tierra se marcan las pisadas de nuestro dios, el hombre, que se pierden con el paso del tiempo. Sólo se marcan por la razón y no se olvidan tan fácilmente. 

Carta de Ro-Ro al autor (aclaratoria para los lectores), y que versa sobre el trastornado tema del ?amor?

RO-RO: "Mi flipado, compasivo y samaritano escritor: paso y pasaré siempre por alto todas esas explicaciones referidas sobre lo que conocemos y desconocemos del desconocimiento conocido, porque no quiero entrar en polémica con mi dios antes de ser lo que todavía no soy, y porque creo que es tema que a pocos pueda interesar -por lo general- en esta estremecedora y especuladora sociedad. Empero y aunque me lo quieras impedir, no voy a dejar pasar el tratar de centrar mi deseo y atinar en el punto negro de la blanca diana de este necesitado capítulo, para poderme quitar el disfraz de acero que sin escrúpulos me has vestido y me voy tirar de nuevo y de plano a la vacía piscina -repleta de pompas guindadas de amor- del endiosado humano, aunque alguna cuaderna, bao, vagra o varenga se me pueda astillar o fracturar. Y no me importa que te importe, porque no veo otra manera de convencerte, sensatamente, en tu tejemaneje de querer hacer ver amor por allí donde el hombre repisa y ultraja; y créeme que yo, así también lo creo y entiendo y aún a pesar de mis escasas cualidades trataré de ayudarte en ese tu difícil y continuo destejer y volver a tejer.
¿Recuerdas cómo emprendiste, mecanizaste y liquidaste tu primer libro? Pues aquello que escribiste intitulado Nuestro dios, el hombre se debió, según tu sentir, a la necesidad de mostrar a tus hijas la enorme posibilidad que nos ofrece una mente conocedora y conducente del conocimiento del amor total que toda lo para y que todo lo mueve, y del magnetismo que de nuestro pensamiento se desprende e impregnan las mentes de los demás y que podemos dominar a conciencia a base de unas técnicas sencillas y de fácil influencia sin decencia ni docencia. Elegiste a Manuel, a Juan y a don Mikilo como personajes principales para tu farsa humana teatral -disfrazada en pobre novela-, y de los que te serviste para autentificar al amor humano de los hombres, a pesar del bien y del mal que todos llevamos dentro. Quisiste demostrar con el engaño de un humano -Manuel-, representante común del hombre de a pié, que la mente puede y debe canalizarse con las herramientas necesarias para influir en los demás. Don Juan, peluquero sin alma -que su madre había vendido al demonio antes de nacer-, colaboró con este, don Mikilo, en la burlesca interpretación de hipnotizar a Manuel en aquella robotizada poltrona de peluquero e inyectarle directamente en su mente, unas historias que una servidora, narraba a su hijo Yacht  y a su querida amiga Lati, los que mantuve en vilo -junto a los lectores- hasta el final de los relatos, y todo ello, con esa magnética atracción, que me transmitías con tu escritura y en cada una de las palabras que me referías. Si lo logramos o no, es cosa que juzgaran unos y otros, pero las intenciones fueros las mejores que en ti capté y yo relaté. Recordarás también, que estuve participe, como bien sabes, en todos las fábulas y me sostuviste pendulante en la tesitura de mi querer llegar a ser humana, pero no, el caballero no me pudo dar la satisfacción de que aquello ocurriera, sino todo lo contrario, como premio a mi labor me mandaste desguazar y me sumergiste en los mares profundos del desconocimiento conocido, aquel que queda a la derecha del corchete de la conocida muerte y que convive con una vida descorchada y desconocida. A mi Yacht, que lo sepas, le causaste un mal trauma y a su Lati, que también te enteres, la traumatizaste sin saber lo que estabas haciendo ni escribiendo. Y te pregunto: ¿Acaso mi esfuerzo no mereció mejor final o mejor germinal?
Así que finalizaste con dolor y engaño, mostrando sin dolor al lector, que don Mikilo, bueno Satanás, estuvo presente y ardiente en todos y cada uno de los relatos. Volviste loco de amor a Manuel y trastocaste al amor para engañarle sin ningún tipo de escrúpulos. Y dolida y muy contrita me pregunto: ¿A quién podrás traicionar en sucesivas historias y relatos? ¿A mí? ¿A tu lector? ¿Al amor? ¿A don Mikilo? ¿A Manuel? ¿A ti?? Me pregunto también, si para dar amor al amor, hace falta engañar, sin más, al amor engañado. Si para escribir con amor hace falta estar falsamente enamorado. Si para relatar con amor, hace falta dolorosamente estar alocado. Si para sentir amor? hace falta que sintamos la necesidad de haber odiado. Y si para que nos amen hace falta timar al personal con ese amor guindado como racimo de uvas pompadas y repletas con la totalidad del amor desorbitado. Me pregunto quizá, si podrías prestarme por unos momentos tus sentimientos, pensamientos, inteligencia y espiritu, para poder consumar de una vez por todas, la transformación que tanto me has prometido y prometes, y que nunca me consumas ni me dejas consumar. Este es, por tanto, mi guindado rezongar de acero hacia mi dios creador, es decir, hacia mí proscrito escritor del mar. Estas son, también, mis armas para agradecerte tu oportunidad y estas son mis desconsoladas ganas, las que pongo al servicio de tus lectores, para demostrarte y demostrarles, que siento y digo como humana y que tan pronto me indiques depongo, expongo y bajo los brazos sin rechistar y sin oponer maldita resistencia alguna. Que bien sabes, que bien me has dicho, que bien me has propuesto llegar a ser y que bien sabes, bien conoces, y bien has aprovechado mi pobre entender.

AUTOR: -No se hable más, mi portentosa, cegada y quimérica nave repleta de fantasía. Si a farsa te ha sabido mi falso proceder, te animo, te invito  y te premio con mi mente, cuerpo, palabra y obra,  y además, te dono mi alma de pobre y descalzo hombre caminante, hasta que demuestres a tu hijo que de humana revestiste tu ser. Te aclaro con bochornosa vergüenza, que he estado ejecutando mi quijotesco papel de escritor, y aunque? unas veces a conciencia y otras sin darme cuenta, me serví de tus pericias y no de las mías en muchas ocasiones, para encaramarme en lo más alto de la fama y de la torre de Babel de blanco papel. Pero, con tanto escrito y entre tanto detrito, en algo de humana si has llegado a convertirte sin pretender. Y si mi espiritu te ayuda, si mi mente te levanta y si mi condición de hombre necesitas aquí lo tienes, sin más hacer, a este paupérrimo hombre guindado de anochecer. Que no quiero que mis lectores piensen que solo hablo del trastocado amor, como de engaño. Que no quiero que piensen que solo digo, y que nada hago, y que no deseo que crean, que solo hablo de pompas guindadas de amor, y que no guindo amor a nadie con el corazón. Ahora bien, si mi alma, mente y cuerpo en breve tendrás, será porque cuando te lo solicite, alma me devolverás, mente me restituirás y cuerpo me repondrás, y no creas que "el que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón", y "el que a yerro mata a yerro muere", porque son dichos ya muy pasados y no vienen a cuento en esta actual y distinta humanidad. Toma guindada lo que me pides, que te lo doy con la seguridad de que me los devolverás, y utilízalos como yo los he utilizado y no los mal utilices, que todas juntas, son armas que se te vuelven por no saber. Ah, y también te dejo mis pensamientos,  que comprobaras que de todos los colores los tengo e invento. Y a mis conocimientos, que aunque pocos y simples, algo te ayudaran y desnudaran. Y a mis sentimientos, que aunque los encuentres con padecimientos, algunos me sobran por buen hacer y falta de ser. Y a mis escritos y detritos, que de tanto querer escribir con amor del trastocado amor y de engañar al lector con el trastocado engañar, se retuercen de pomposo amor guindado, como si la espumosa y efervescente agua salada del mar se evaporara sin avisar. Desde ahora, ya tienes mi alma, yo seré desde ahora el viejo y acerado lobo de mar.



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