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Una lectura de Cumbres borrascosas
Luciano Bogi 30/1/2003


Cuando se comienza la lectura de un clásico como Cumbres borrascosas, hay ciertos elementos que no se pueden dejar pasar. El aspecto psicológico de cada personaje es uno de ellos. Esta obra corresponde a la Inglaterra pueril y puritana de principios del siglo XIX, y el lugar donde se desarrolla se ubica a más de ciento sesenta kilómetros de la capital. La historia que la autora sitúa en este contexto es cruel, cargada de ignorancia, religión y bajezas. Deja deliberadamente al lector la tarea de transitar entre la psicología y la superstición, por intrincados caminos de realidad y fantasía.

Los personajes son intrigantes. El señor Lockwood se identifica con la misantropía, lo cual motiva su llegada a ese paraje bien alejado de la civilización. Sin embargo, algunos de sus actos se contradicen con esta actitud. La señora Elena Dean intentará dilucidar por qué. Mientras tanto, el señor Heathcliff, como un amargado y avaro amo de su territorio, rechaza todo tipo de contacto social fuera de los suyos.

El estilo podría compararse a las comedias del teatro griego, donde se precipitan los recuerdos de años de soledad para formar la base de una vida presente enmarañada en ambientes revueltos pero ajenos cada uno del otro. Emily Brontë describe la trama con una riqueza de vocabulario que impresiona, mezclando emociones, sensaciones y tragedias. Con astucia y sutileza, deja al lector a cargo de la interpretación de los hechos.


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