SOBRE LA CLEMENCIA


Sobre la clemencia
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por Lucio Anneo Séneca
Libros En Red, 2000
COLECCIÓN: Filosofía y Teoría Social (vea otros libros de la misma colección)

Edición Electrónica
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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

Las manos de los esclavos, aun bajo la amenaza cierta del suplicio de cruz, vengaron la crueldad de los particulares, la de los tiranos, las naciones y los pueblos que la sufrían o a los que amenazaba esforzándose en exterminarla. Algunas veces sus mismas tropas se sublevaron contra ellos, y la perfidia y la crueldad y la fiereza que habían aprendido de ellos, en ellos las ejercieron. Porque ¿qué se puede esperar del hombre a quién se ha enseñado a ser malo? La maldad no obedece por mucho tiempo, ni hace cuanto se le manda. Pero supone que la maldad está segura, ¿cómo es su reino? Su aspecto no es otro que el de las ciudades tomadas por asalto, y su faz es la terrible del miedo público. Todo, triste, tembloroso, confuso; hasta los mismos placeres se temen; no van tranquilos a los convites, en los que cuidadosamente han de guardar la lengua aun los que están ebrios, ni a los espectáculos, en los que se busca pretexto para la acusación y el crimen. Aunque se hagan grandes gastos para prepararlos, y se hagan con pompa real e intervengan los artistas más famosos ¿a quién le agradan en la cárcel? ¿Qué maldad, ¡oh Dioses buenos!, esta de matar, ensañarse, deleitarse con el ruido de las cadenas, degollar a los ciudadanos, derramar mucha sangre dondequiera que se vaya, y aterrorizar con su aspecto y hacer huir? ¿Sería de otro modo la vida, si reinaran los leones y los osos, si se diera poder sobre nosotros a las serpientes y a cualquier otro animal muy dañoso? Ellos, que carecen de razón y están condenados por nosotros como feroces, se abstienen con los suyos, y, aun entre las fieras, la semejanza es garantía de seguridad; pero la rabia del tirano no perdona ni aun a sus familiares, sino que tiene por iguales a los extraños y a los propios y cuanto mas se ejercita, más se incita. De las matanzas de los individuos se desliza fácilmente a la destrucción de las naciones y piensa que es señal de poder prender fuego a los techos y meter el arado en las ciudades antiguas; y cree que matar a uno o dos es poca muestra de poder; como no caiga de un solo golpe todo un rebaño de infelices, cree que su crueldad está cohibida. La felicidad consiste en salvar a muchos y volverlos de la misma muerte a la vida y en merecer la clemencia la corona cívica. Ningún ornamento más digno de la majestad de un príncipe, ni más hermosa que esta corona por haber salvado a los ciudadanos, y no las armas hostiles arrebatadas a los vencidos, ni los carros de los bárbaros manchados con sangre, ni los despojos ganados en la guerra. Salvar pueblos enteros es poder divino; matar a muchos y sin discriminación es el poder del incendio y de la ruina.

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