FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO


Frankenstein o el moderno Prometeo
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por Mary Shelley
Libros En Red, 2004
COLECCIÓN: Novelas (vea otros libros de la misma colección)

Edición Electrónica
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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

Mientras me ocupaba en atracar la barca y arreglar las velas, varias personas se aglomeraron a mi alrededor.

Parecían muy sorprendidas por mi aspecto, pero en lugar de ofrecerme su ayuda murmuraban entre ellos y gesticulaban de una manera que, en otras circunstancias, me hubiera alarmado. Pero en aquel momento sólo advertí que hablaban inglés, y, por tanto, me dirigí a ellos en ese idioma.

–Buena gente dije–, ¿tendrían la bondad de decirme el nombre de este pueblo e indicarme dónde me encuentro?

–¡Pronto lo sabrá! contestó un hombre con brusquedad–. Quizá haya llegado a un lugar que no le guste demasiado; en todo caso le aseguro que nadie le va a consultar acerca de dónde querrá usted vivir.

Me sorprendió enormemente recibir de un extraño una respuesta tan áspera; también me desconcertó ver los ceñudos y hostiles rostros de sus compañeros.

–¿Por qué me contesta con tanta rudeza? –le pregunté–: no es costumbre inglesa el recibir a los extranjeros de forma tan poco hospitalaria.

–Desconozco las costumbres de los ingleses –respondió el hombre–; pero es costumbre entre los irlandeses el odiar a los criminales.

Mientras se desarrollaba este diálogo la muchedumbre iba aumentando. Sus rostros demostraban una mezcla de curiosidad y cólera, que me molestó e inquietó. Pregunté por el camino que llevaba a la posada; pero nadie quiso responderme. Empecé entonces a caminar, y un murmullo se levantó de entre la muchedumbre que me seguía y me rodeaba. En aquel momento se acercó un hombre de aspecto desagradable y, cogiéndome por el hombro, dijo:

–Venga usted conmigo a ver al señor Kirwin. Tendrá que explicarse.

–¿Quién es el señor Kirwin? ¿Por qué debo explicarme?, ¿no es éste un país libre?

–Sí, señor; libre para la gente honrada. El señor Kirwin es el magistrado, y usted deberá explicar la muerte de un hombre que apareció estrangulado aquí anoche.

Esta respuesta me alarmó pero pronto me sobrepuse. Yo era inocente y podía probarlo fácilmente; así que seguí en silencio a aquel hombre, que me llevó hasta una de las mejores casas del pueblo. Estaba a punto de desfallecer de hambre y de cansancio; pero, rodeado como me encontraba por aquella multitud, consideré prudente hacer acopio de todas mis energías para que la debilidad física no se pudiera tomar como prueba de mi temor o culpabilidad. Poco esperaba entonces la calamidad que en pocos momentos iba a caer sobre mí, ahogando con su horror todos mis miedos ante la ignominia o la muerte.

Aquí debo hacer una pausa, pues requiere todo mi valor recordar los terribles sucesos que, con todo detalle, le narraré.

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