EL AVARO


El avaro
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por Moliere
Libros En Red, 2010
COLECCIÓN: Teatro (vea otros libros de la misma colección)

Edición Electrónica
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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

Harpagón. —¿Cómo? El señor Anselmo es un partido notable; es un caballero noble, tierno, sentado, probo, muy rico y a quien no le queda ningún hijo de su primer matrimonio. ¿Qué mejor podría ella encontrar?

Valerio. —Eso es cierto. Mas ella podría deciros que es precipitar un poco las cosas y que sería necesario cierto tiempo, al menos, para ver si su inclinación puede avenirse con...

Harpagón. —Es una ocasión que hay que coger por los pelos. Encuentro en esto unas ventajas que no encontraría por otra parte; y se compromete a tomarla sin dote...

Valerio. —¿Sin dote?

Harpagón. —Sí.

Valerio. —¡Ah! Entonces no digo nada. ¿Veis? Ésa es una razón absolutamente convincente; hay que inclinarse ante ello.

Harpagón. —Es para mí un ahorro considerable.

Valerio. —Seguramente; es innegable. Verdad es que vuestra hija puede alegar que el matrimonio es un negocio mucho más importante de lo que puede creerse; que va en él la felicidad o la desdicha para toda la vida, y que un compromiso que ha de durar hasta la muerte no debe efectuarse nunca sino con grandes precauciones.

Harpagón. —¡Sin dote!

Valerio. —Tenéis razón. Eso lo decide todo, ya se comprende. Hay gentes que podrían deciros que, en tales ocasiones, el amor de una joven es cosa que debe tenerse en cuenta y que esa gran diferencia de edad, de carácter y de sentimientos hace un matrimonio propenso a incidentes muy enojosos.

Harpagón. —¡Sin dote!

Valerio. —¡Ah! Bien sabemos que eso no admite réplica. ¿Quién diantres puede oponerse a ello? No quiero decir que no existan muchos padres que prefieran atender a la satisfacción de sus hijas más que al dinero que pudieran entregar; que no quieren sacrificarlas al interés, y que procuran, más que nada, crear en un matrimonio esa tierna conformidad que mantiene en él sin cesar el honor, la tranquilidad y la alegría, y que...

Harpagón. —¡Sin dote!

Valerio. —Es cierto; eso cierra la boca en absoluto. ¡Sin dote! ¡No hay modo de resistir a tal razón!

Harpagón. —(Mirando hacia el jardín y aparte.) ¡Hola! Paréceme oír el ladrido de un perro. ¿No estará amenazado mi dinero? (A Valerio.) No os mováis; vuelvo al instante. (Vase.)

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Hace un tiempito hablábamos de los seudónimos, esos nombres de fantasía que los autores eligen, por distintos motivos, para enmascarar su identidad...