DIARIO DE MI CAUTIVERIO


Diario de mi cautiverio
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por María Carolina Rodríguez Amaya
Libros En Red, 2015
COLECCIÓN: Relatos (vea otros libros de la misma colección)

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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

Capítulo 7. El escape

Octubre 31

¡Ya casi estamos libres! Mejor dicho, ¡ya estamos libres! Dios mío, solo nos falta llegar a un lugar seguro.

Aquí estamos descansando y esperando a que anochezca para poder salir a caminar sin que nadie nos vea. Estamos escondidos, pues por el camino que necesitamos bajar se atraviesa una casa. Estamos empapados, sucios, raspados y embarrados, pero en parte felices, pues este lío en el que nos metimos pronto tendrá que acabar. Estamos muy asustados, pues toda casa, todo campesino, es un enemigo potencial: pueden ser informantes o colaboradores de la guerrilla, como el Becerro.

Octubre 27

Casi no tomamos la decisión de escaparnos. El plan que teníamos era dejar las botas nuevas afuera de nuestro lugar, ponernos las botas viejas, y así pretender que estábamos haciendo la siesta. Mientras tanto, íbamos a salir por detrás de la caleta y meternos entre los matorrales, que dan justo hacia el camino de la quebrada. En ese momento, por la mañana, no había nadie por los alrededores y estábamos con la duda de si escaparnos según lo planeado. Estábamos esperando a que lloviera para que todo el mundo se “encaletara”, pero preciso no llovió. Al mediodía, cuando ya estaba decidida la fuga, J. J. me hacía gestos para que arrancáramos, pero yo estaba en pleno juego de cartas y no podía hacer nada. Por fin me paré con la excusa de tener dolor de estómago, que en parte sí existía por los nervios, pero a quien le tocó relevarme en el juego fue a Huertas…

Esperé a que Huertas acabara el juego, pero ya más tarde no hubo oportunidad de llevar a cabo el plan. No nos podíamos llevar la Biblia, pero arranqué la hoja del salmo 91 –aquel pasaje que el Chulo nos decía que si lo leíamos, nada nos iba a pasar– y la metí entre mis cuadernos.

Huertas ya estaba cansado pues, por tanto esperar el momento adecuado, no se había podido bañar. Olía a feo y no se aguantaba más. Entonces, después del tinto de las tres, decidió ir a bañarse a la quebrada. Yo no sé a qué horas me dijo J. J. que Huertas ya estaba listo, y que nos fuéramos ya, ¡qué susto! Pero abortamos la idea, pues ya eran las cuatro de la tarde y solo nos quedarían dos horas de luz…

¿O sería que sí? Estaba de guardia la guerrillera vanidosa de pelo claro. El siguiente cambio de guardia era hasta las seis. Eso nos animó. Yo estaba en la caleta, y llegó J. J. otra vez a decirme que nos fuéramos. Yo, del susto, no pude sacar la bolsa tan grande que teníamos con las reservas, lo cual era mi tarea, pues en ese momento me parecía muy evidente. J. J., que ya estaba en la quebrada esperándome, tuvo que devolverse a ver qué pasaba conmigo y sacar la bolsa negra. Como ya habíamos generado la costumbre de ir a bañarnos llevando una bolsa grande con la ropa, no hubo sospechas. Yo esperé un poco y me dirigí a la quebrada.

Apenas me asomé y J. J. y Huertas me vieron, empezaron a echar para arriba, por la quebrada, contra la corriente. Ahí no hubo tiempo de dudar. Qué angustia, me temblaban las piernas; casi no pude atravesar el puentecito de palo para llegar a la otra orilla. Nos metimos con todo y botas al río y comenzamos a correr hacia lo alto como fuera, mojándonos, pero sin parar. Yo casi no tenía fuerzas para escalar de los nervios, por lo que le decía a J. J. que me empujara el trasero.

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Hace un tiempito hablábamos de los seudónimos, esos nombres de fantasía que los autores eligen, por distintos motivos, para enmascarar su identidad...