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¿No hay lectores? Hablemos de los neolectores y de los analfabetos funcionales
Jorge A. Sierra Quintero* 1/4/2001


Decíamos en un número anterior si en verdad vale la pena enfrascarse en la hasta ahora irresoluta discusión de dilucidar la existencia de la buena o mala literatura, o literatura best seller y literatura seria, o subliteratura y literatura de elite... o si mejor no valdría la pena indagar en las técnicas que utilizan escritores digamos "masivos" (para seguirle la cuerda a quienes así se expresan de quienes ganan lectores por doquier) para lograr amarrar a sus libros a tanta gente del común...

Incluso, sin necesidad de ponerse a "estudiar" las técnicas que unos y otros utilizan, vale la pena detenerse a pensar unos instantes en esa masa inmensa e inabarcable, de los neolectores y los analfabetas funcionales.

¿Quienes son los neolectores? Aquellos que aprendieron a leer hace apenas unos meses, o máximo un año y cuya edad no es infantil; digamos que tienen 20, 40 o 60 años y comparten  un rasgo en común: aprendieron a leer unas claves de acceso cuando ya su mundo interior estaba influenciado por una realidad dura y golpeadora, no como los niños, que van acercándose a la lectura en forma paulatina, asimilando historias de príncipes y reyes, de mundos felices donde el cielo siempre es azul y los pájaros y los animalitos del campo no son tan fieros como para hacernos daño y se comunican con los humanos cantando y dibujando estrellas en la noche.

¿Qué tipo de lectura le damos entonces a ese neolector de 35 años? ¿Kant, Milan Kundera o Elytis? ¿O antes por el contrario, le ponemos a leer historias de duendes y de aparecidos, de esas que se cuentan en los velorios de tantos pueblos de América y España y luego sí, le vamos dando de a poquito a García Márquez, a Onelio Jorge Cardozo -no, a Borges ni a Sábato todavía no- o al Neruda de los "20 poemas de amor y una canción desesperada"?

 Y al analfabeta funcional -ese que sabiendo leer no lee casi nunca, salvo las páginas deportivas de los periódicos, o los horóscopos o las tiras cómicas-, ¿qué le ofertamos para leer? ¿Umberto Eco, Pessoa o al Carpentier de El Siglo de las Luces? O antes, por el contrario, le damos los escritos sobre fútbol de Galeano, Valdano o Andrés Salcedo, o aquellos poemas de Lorca de "y yo que me la  lleve al río creyendo que era mozuela  pero tenía marido"?

Porque para analizar lo hasta ahora dicho, sobran las estadísticas y las muestras: por ejemplo, la República de El Salvador -hoy dolorosamente afectada por inauditos terremotos que no cesan- realizó en la década del 90 la mejor campaña de alfabetización que se hizo en el mundo, logrando hasta el reconocimiento de la UNESCO. Con esta campaña, se bajó impresionantemente el porcentaje de analfabetismo puro y funcional del 53% al 25 % aproximadamente. ¿Y qué pasó? Que dos años después otra vez  ese mismo analfabetismo había logrado treparse al 55%... ¿Por qué y a qué se debió? Porque hasta bibliobuses se hicieron para llevar bibliotecas andantes a cuánto rincón, por lejano que estuviera, hubiese en El Salvador...

La respuesta podría ser tan sencilla como dramática: porque quizás en esa hermana República las personas encargadas de trazar esas políticas de fomento a la lectura o de "armar" las bibliotecas se olvidaron de lo que arriba acotábamos y que Savater definió magistralmente: "No se puede pasar de la nada a lo sublime sin paradas intermedias. No debe exigirse que quien nunca ha leído empiece por Shaskespeare, que Habermas sirva de introducción a la filosofía y que los que nunca han pisado  un Museo se entusiasmen de entrada por Mondrian o Francis  Bacon". Porque las Bibliotecas que se armaron tenían todo, hasta los clásicos, u otras obras con contextos muy diferentes al que vive ese salvadoreño que fue allí alfabetizado. Les llevaron libros que hablan de la nieve, o de manzanas y peras, o con lenguajes muy en concordancia con otro nivel comprensivo y por ende de lectores. Al no practicar ni encontrar una identificación o motivación con lo leído, este nuevo lector se fue olvidando... y ya no hubo forma de traerlo de nuevo a disfrute de la lectura.
¿Qué era -y es- lo lógico? Pues darle obras que estuviesen en concordancia con su nivel comprensivo de esos momentos, digamos tipo cómic -podría ser "Asterix", o "Tintin" o hasta el mismo Popol Vuh que es el libro que más leen los salvadoreños año a año....

Es una realidad: Los neolectores y los analfabetas funcionales existen, como también existe su soberanía, y es necio y pretencioso tratar de ignorarlos, o lo que es peor, menospreciarlos o peyorizarlos, con el hueco discurso de que si no leen a la Yourcenar o a Mishima, esos no son  lectores, y sólo  leen cosas sin valor, pura basura... Entonces, ¿hay o no lectores? Yo creo que sí, y lo que sucede es que no sabemos llegarles con obras a su nivel de comprensión. ¿Usted qué dice?

* Jorge Alfonso Sierra Quintero es autor de Libros en Red y editor del boletín "Ideas para publicar y distribuir sus propios libros"
** Esta nota apareció en la entrega Nº 3 de ese boletín.


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