Libro El Emblema

EL EMBLEMA

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Acerca del libro EL EMBLEMA

¿Qué se representa en la bandera de los Estados Unidos? ¿Por qué fue cambiada la distribución de sus estrellas en 1959? ¿Qué relación existe entre el Día D, la primera bomba atómica y la edad de la muerte de Jesucristo?

En enero de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, científicos nazis investigan la construcción de la bomba atómica en un proyecto secreto denominado Uraniorum.
El físico más importante de la instalación, Otto Maier, intuyendo que los resultados son significativos y que es vigilado de cerca, decide que Hitler no se haga con la valiosa información allí obtenida, acudiendo a uno de sus viejos conocidos, un miembro del partido nazi relacionado con conspiradores, para considerar el envío de los resultados clave fuera de Alemania. Para comprobar que es posible remite un mensaje de prueba, un mensaje codificado que llega a su destino, una comunicación de consecuencias insospechadas, germen de una trama que se precipita oponiéndose a lo planeado.

Breve fragmento:

(...)

Distanciados unos pocos centímetros, y sometidos por los instintos de cazador y presa, se enzarzaron en una lucha en gran parte desigual. El soldado, bien entrenado, no dudó en proyectarse sobre Hans amarrándole el cuello con decisión impertérrita mientras su rodilla derecha, situada sobre el esternón, lo aprisionaba con fuerza indómita dificultándole las inhalaciones. Hans no podía contraatacar, su única opción era clara: la astucia, a veces, daba resultado. Alzó su mano derecha y palpó con rapidez entre las fornidas piernas de su contrincante que, dominado por la vesania, continuaba ahogándolo sin cuartel.

Un fuerte alarido escapó de la garganta del nazi cuando Hans tiró con determinación de sus testículos. Se lo había quitado de encima sin respiración y casi sin tiempo. Tomó una bocanada de aire y se abalanzó sobre él lanzando un golpe que no consiguió encontrar objetivo. El soldado, sacando tajada del desequilibrio, lo abatió con un rápido juego de brazos provocando de nuevo la caída de Hans al barro, que sin vacilar, intentó ponerse en pie, mas la rápida determinación del atacante volvió a tumbarle. Ambos se encontraban exhaustos -el militar bastante menos-, desesperados y jadeantes en la carretera, sin tiempo que perder. Hans, tumbado boca arriba, con un hombro dañado y falto de aire, dudó por unos instantes que fueron suficientes para recibir un hábil golpe en el hocico. El líquido caliente comenzó a brotar cubriendo la mitad izquierda de su boca.

-Hijo de perra -gritó.

El combate estaba perdido, la sensación de derrota prevalecía sobre las demás. Como último recurso decidió rodar hacia su derecha intentando esconderse entre los arbustos. ¿Qué buscaba ese desgraciado para luchar a vida o muerte? ¿Por qué lo había perseguido a esas horas cuando se había asegurado que viajaba en solitario? ¿Estaría buscando el mensaje? ¿Quién lo enviaba?

Algo le impedía avanzar. El fiero empleado castrense le sujetaba con fuerza la pierna izquierda, estirándose con agilidad hacia él, encontrando su mano el rezagado pie que agarró instintivamente. Las nervudas sacudidas de Hans no eran suficientes para que aquella manaza opresora lo liberara. Aprovechando la situación, el soldado agarró el pie con la otra mano y con un acrobático movimiento se abalanzó sobre el costado de Hans.

El bien entrenado militar encontró lo que buscaba: unos valiosos segundos que fueron suficientes para levantarse y propinarle a su enemigo un fuerte puntapié en el costado. La lucha estaba ganada. De nuevo su húmeda y pesada bota encontró sus costillas. Hans emitió un quejido apagado. El dolor y la cara parcialmente ensangrentada le impedían agotar sus últimas posibilidades. El militar le arrancó el casco, agarró su cabeza y la golpeó contra el suelo una y otra vez hasta que Hans perdió el conocimiento. A continuación, y como gesto triunfal, también le arrancó las gafas y las lanzó hacia la oscuridad boscosa.

-¡Cabrón! -bramó el soldado-. Ya eres mío.

Jadeante, recordó por un momento el estado de su agónico compañero. ¿Habría muerto o las heridas no eran tan graves? Dudó socorrerlo. El botín era mucho más importante que la vida de un mísero soldado que ante la colectividad nacionalsocialista valía lo mismo que un inocente judío.

Volvió a Hans boca arriba. La luz cada vez más débil iluminaba un cuerpo inmóvil y parcialmente rebozado, con una figura desencajada y ensangrentada. Le desabrochó el impermeable y palpó en su interior con rápidos y precisos movimientos. Ningún bolsillo interior, ninguna bolsa escondida.

            Con destreza buscó en los bolsillos externos de la chaqueta.

-¿Dónde lo tienes hijo de puta?

            Ningún sobre, ningún documento, ningún papel.

            Furioso, descargó parte de rabia por la garganta y le escupió en la cara. Preso por una mezcla de ira y salvajismo buscó en los bolsillos interiores de la chaqueta. Allí, en el derecho, se encontraba el objetivo, el tesoro, el mensaje que andaba buscando... Un pequeño y simple papel plegado.

Sin pensarlo corrió hacia su compañero moribundo. Observó con detenimiento que su respiración era imperceptible, excepto unos débiles resuellos que sustentaban su hilo vital. Los brazos caían a ambos lados y la cabeza colgaba inútilmente del cuello, hacia la derecha. Sin escrúpulos, tal y como fue adiestrado, le quitó la pistola e intentó rematarlo cuando de pronto le vinieron a la mente, y como imponentes recuerdos, imágenes disfrutando con aquel joven: regodeos nocturnos, apuestas de naipes, algún que otro robo, otros tantos asesinatos... Se guardó el arma y dejó que la naturaleza siguiera su curso, abandonándolo a su suerte prevaleciendo en él la entrega del solicitado papel.

Rápido como una rata volvió hacia la escasa luz que aún emitía la agonizante motocicleta. Con asombrosa rapidez y movimientos de asesino profesional, abotonó la húmeda chaqueta y le cerró el  chubasquero. Mojado y jadeante desplegó el papel frente al foco y observó con detenimiento el manuscrito, mientras una mueca de victoria se dibujó en su sólida expresión.

 

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