UNA CIUDAD FLOTANTE


Una ciudad flotante
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por Julio Verne
Libros En Red, 2000
COLECCIÓN: Novelas (vea otros libros de la misma colección)

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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

Escuché. Cantaba una mujer, revelando su voz profunda pena. Aquella voz debía ser la de la pobre loca. Mis presentimientos no me engañaban. Me acerqué sin ruido al camarote número 775, que era el último de aquel oscuro pasillo y debía estar alumbrado por tragaluces inferiores, practicados en la quilla del buque. No había ningún nombre escrito en la puerta. Harry Drake no tenía interés en que fuera conocido el destino de Elena.

La voz de la desdichada llegaba clara a mis oídos. Su canto era una serie de frases interrumpidas, una mezcla extraña de dulzura y tristeza.

Parecía que una persona, bajo la impresión de un sueño magnético, recitaba estrofas irregulares.

¡No! ¡No había duda para mí! Quien cantaba de aquel modo era Elena; estaba seguro de ello, aunque tenía miedo de reconocer su identidad.

Después de escuchar por espacio de algunos minutos, cuando iba a retirarme, oí pasos en el corredor. ¿Era Drake? En interés de Elena y Fabián, no quería ser sorprendido en aquel sitio.

Por fortuna, el pasillo, dando vuelta a la doble fila de camarotes, me permitía subir a cubierta sin ser visto. Pero quería saber quién venía. La oscuridad me protegía, y colocándome en un rincón, podía ver sin que me vieran.

El ruido había cesado. ¡Coincidencia extraña! Con él había cesado el canto de Elena. Pronto volvió a empezar el canto, y el piso volvió a crujir bajo la presión de un paso lento. Alargué la cabeza, y en el fondo del corredor, en vaga claridad de la importa de los camarotes, reconocí a Fabián.

¡Era mí desventurado amigo! ¿Qué instinto le conducía allí? ¿Había, pues, descubierto, antes que yo, la vivienda de la joven? No sabía a qué atenerme. Fabián adelantaba con lentitud, a lo largo de las paredes, escuchando, siguiendo, como por un hilo, aquella voz que le atraía, tal vez a pesar suyo, sin saberse él mismo. Sin embargo, me parecía que el canto se debilitaba a medida que Fabián se iba acercando, y que aquel hilo iba a romperse... Fabián llegó a la puerta del camarote y se detuvo.

¡Cómo debía palpitar su corazón, al eco de aquellos tristes acentos! ¡Cómo debía estremecerse todo su ser! Era imposible que aquella voz no despertara en él recuerdos del pasado. Pero al mismo tiempo, ignorando la presencia de Harry Drake, ¿cómo había de sospechar la presencia de Elena? No era posible; Solo le atraían, sin duda, aquellos dolientes ayes, que correspondían al inmenso dolor que llevaba consigo.

Fabián escuchaba. ¿Qué haría? ¿Llamaría a la loca? ¿Y si Elena aparecía de pronto? Todo era posible. ¡Qué situación tan peligrosa! Fabián se aproximo aún más a la puerta. El canto que languidecía poco a poco, murió en el acto; después se oyó un grito desgarrador.

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