Caminaba sus pasos andados con inseguridad, lo que delataba la inocencia de sus instintos. El campo era estéril, irreal. Un viento sordo le abrasó su tersa piel pueril. Era joven. Y vestía harapos limpios. De un modo absurdo, atisbó a lo lejos la fría presencia de una lápida color muerte que rezaba: "No se debe enterrar el amor". Dudó del momento y regresó. Aquella imagen le había inquietado en exceso. Deseaba profanar la tumba y liberar el amor haciendo gala de un capricho de su imaginación. Acudió al lugar con la celeridad del que juzga. Portaba una pala que había hallado en el granero, después de un tiempo que le irritó en vano. El crepúsculo avanzaba oscureciendo los contornos que configuraban la escena. Un acto libre y voluntario debe ser ejecutado con la precisión de la conciencia. Clavó la pala como si quisiera herir la Tierra. De ella surgió el vacío. Tal vez el amor.
El 24 de agosto de 1984, muere el escritor estadounidense Truman Capote. En la misma línea que Thomas Mann, respondía en una entrevista de la famosa...