TARAS BULBA


Taras Bulba
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por Nicolás Gogol
Libros En Red, 2000
COLECCIÓN: Novelas (vea otros libros de la misma colección)

Edición Electrónica
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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

–¡La victoria es nuestra! –gritaron de todas partes los zaporogos.

Sonaron los clarines, y la bandera de la victoria tremolaba impulsada por el viento. Los polacos huían en confuso desorden en todas direcciones.

–¡No, no, la victoria no es nuestra todavía! –dijo Taras, mirando las puertas de la ciudad.

En efecto: las puertas de la ciudad se habían abierto, y un regimiento de húsares, la flor de los regimientos de caballería, salía por ellas. Todos los jinetes montaban, argamaks castaños. Al frente de los escuadrones galopaba el jinete más hermoso y apuesto de todos.

Sus cabellos negros asomaban, por debajo de su casco de bronce, y rodeaba su brazo una banda bordada por las manos de la belleza más seductora. Taras se quedó estupefacto al reconocer a su hijo Andrés; y éste, sin embargo, inflamado por el ardor del combate, ávido de merecer el presente que adornaba su brazo, se precipitó como un fogoso lebrel, el más hermoso, más veloz y más joven de la jauría. «¡Aton!», exclama el viejo cazador, y el lebrel se precipita, lanzando sus piernas en línea recta al aire, inclinando todo su cuerpo sobre el costado, levantando la nieve con sus uñas, y adelantándose diez veces a la liebre misma, en el ardor de su carrera. El viejo Taras se detuvo, contemplando cómo Andrés se abría paso, hiriendo a derecha e izquierda, y derribando a los cosacos que le interceptaban el paso.

Taras pierde la paciencia y exclama:

–¡Cómo! ¡A los tuyos! ¡A los tuyos! ¡Así los hieres, hijo del diablo!

Pero el intrépido joven no veía si los que hallaba a su paso eran de los suyos o de los otros; no veía sino rizos de sedoso cabello, largos y ondulantes, un cuello de nieve semejante al de los cisnes, blancos hombros, y todo lo que Dios ha creado para besos insensatos.

–¡Hola, camaradas! atráiganlo, atráiganlo solamente al bosque –gritó Taras.

Inmediatamente se presentaron treinta de los más ágiles cosacos para atraer al joven hacia el bosque. Enderezando sus altas gorras, lanzaron sus caballos para cortar la retirada a los húsares, atacaron de flanco a las primeras filas, las derrotaron, y habiéndolas separado del grueso de la partida, pasaron a cuchillo a unos y a otros. Entonces Golokopitenko dio a Andrés con su sable de plano, y todos, al instante emprendieron la fuga con toda la rapidez cosaca. Andrés se lanzó como un león; su joven sangre hervía en sus venas; hundiendo sus largas espuelas en los costados del noble bruto, se echó volando en persecución de los cosacos, sin volverse, y sin ver que solamente habían podido seguirle una veintena de hombres. Los cosacos, huyendo con toda la celeridad de sus cabalgaduras, daban la vuelta hacia el bosque.

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