RECUERDOS DE PROVINCIA


Recuerdos de provincia
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por Domingo F. Sarmiento
Libros En Red, 2008
COLECCIÓN: Biografías (vea otros libros de la misma colección)

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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

De entre aquellos sabandijas, vivarachos, turbulentos, y traviesos de los hijos de don Miguel, el mayor de todos, Justo, contrastaba por el reposo de su espíritu reflexivo y la blandura de su carácter. Era la víctima de la malicia inquieta de sus hermanos José y Antonio en la niñez; tirábanle con las almohadas cuando dormía, meábanle las botas cuando iba a levantarse, y a toda hora del día suscitábanle tropiezos, tendíanle asechanzas, y lo acusaban a su severa madre de diabluras que ellos hacían exprofeso para ponerlo en aprietos.

El niño Justo fue llamado así para perpetuar el nombre de fray Justo Albarracín, su tío, que era, cuando él nació, la lumbrera del convento de Santo Domingo y el timbre de la familia; y en aquellos tiempos en que las familias aristocráticas estaban debidamente representadas en los claustros, el primogénito de la familia Oro fue destinado a seguir bajo el hábito dominico la no interrumpida cadena de frailes sabios de la familia. Mostróse desde luego digno sucesor de sus antepasados, y en prosecución de sus estudios, fue enviado a Santiago, capital entonces de las provincias de Cuyo, donde distinguiéndose por su capacidad, desempeñaba cátedras de teología a la edad de 20 años; recibió las órdenes sagradas a los 21 años por dispensa de Pío VI, y pasó a la Recoleta Dominica luego en prosecución de la perfección monástica. Sus prendas de carácter, saber y costumbres, debían ser muy relevantes, puesto que los recoletos lo pidieron a pocos años de incorporado en su orden por director vitalicio, y que el general de la orden en España acordó esta solicitud.

El nuevo prelado se entregó desde luego al instinto creador de su genio. La hacienda de Apoquindo, perteneciente a la comunidad, debía transformarse en una sucursal de la Recoleta Dominica, y para obtener los permisos necesarios, o hacer adoptar sus planes al general de la orden, hizo un viaje a España, la Europa de aquellos tiempos, en donde le sorprendió la revolución de la independencia. Como Bolívar, como San Martín y todos los que se sentían con fuerza para obrar, voló a incorporarse a los suyos, desembarcó en Buenos Aires, aplaudió la revolución, vio de paso a su familia, regresó a Chile a su convento, y después de haber prestado su cooperación a los patriotas hasta 1811, emigró a las Provincias Unidas en el momento de la restauración de la dominación española. Nombrado diputado al congreso de Tucumán por la provincia de San Juan, con el ilustre Laprida, que fue electo presidente, tuvo la gloria de poner su firma en el Acta de la Declaración de Independencia de las Provincias Unidas, tomando parte en todos los audaces trabajos de aquel congreso; siendo suya la moción que adoptó el congreso de aclamar por patrona de la América y protectora de la independencia sudamericana, a Santa Rosa de Lima.

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Hace un tiempito hablábamos de los seudónimos, esos nombres de fantasía que los autores eligen, por distintos motivos, para enmascarar su identidad...