EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
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-¡Márchese, escóndase! -dijo con aquel tono profundo. Era terrible. Miré a mis espaldas. Estábamos a unas treinta yardas de distancia de la fogata más próxima. Una figura negra se levantó, cruzó en amplias zancadas, con sus largas piernas negras, levantando sus largos brazos negros, ante el resplandor del fuego. Tenía cuernos... una cornamenta de antílope, me parece, sobre la cabeza. Algún hechicero, algún brujo, sin duda; tenía un aspecto realmente demoníaco.-¿Sabe usted lo que está haciendo? -murmuré.-Perfectamente -respondió, elevando la voz para decir aquella única palabra. Aquella voz resonó lejana y fuerte a la vez, como una llamada a través de una bocina. Pensé que si comenzaba a discutir estábamos perdidos. Por supuesto no era el momento para resolver el conflicto a puñetazos, aparte de la natural aversión que yo sentía a golpear aquella sombra... aquella cosa errante y atormentada.-Se perderá usted, se perderá completamente -murmuré. A veces uno tiene esos relámpagos de inspiración, ya sabéis. Yo había dicho la verdad, aunque de hecho él no podía perderse más de lo que ya lo estaba en aquel momento, cuando los fundamentos de nuestra amistad se asentaron para durar... para durar... para durar... hasta el fin... más allá del fin.