Existe un mensaje oculto, un mensaje sólo captado y apreciado por otra clase de sentido, un mensaje del que no tenemos constancia, ni se puede probar, pero que existe, que está ahí, y en algunos momentos de la vida se reconoce.
Se encuentra en el contorno de un árbol, en la belleza de una pluma, se lee entre la bruma del amanecer, y entre los colores del atardecer, se puede captar en el destello del agua al ser iluminada por el Sol, o en el reflejo de una hoja bañada por la luz blanca de la luna, se puede intuir en la mirada de un animal, en el movimiento de las olas, en las arrugas de unas viejas y trabajadas manos, en la fortaleza de una montaña o en la fragilidad de una brizna de hierba, se percibe en ciertos centelleos, en ciertas irradiaciones de la materia, en ciertos colores sobre la roca, y también, entre las líneas de algún libro, o entre las notas de una canción.
Un mensaje que trasciende la lengua, los idiomas, un mensaje que va más allá del conocimiento, y que supera el límite del entendimiento, no cabiendo dentro de los límites de nuestra comprensión, ni de nuestra mente, pero intuido en lo más profundo de nuestro corazón con la mayor de las certezas.