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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO Lugo ya había resuelto su disyuntiva. Ahora sólo un obstáculo lo amedrentaba. Contemplando a su esposa, quien se hallaba inmóvil y furiosa, él quiso expresarle su miedo: -¿Qué pasará si se enteran? Con la divulgación de estas palabras, Aurelia fue víctima de un gozo que fulminó súbitamente su ira. El hombre influenciado ya se había decidido; solo faltaba ejercer la supresión de su temor. -Nadie lo va a saber. Además debes enterarte de que, en este mundo, se pueden ejecutar todas las aspiraciones -le dijo tiernamente Aurelia a su vasallo, y le propició un cándido beso en su frente-. Lo más importante al hacerlo es guiarse con absoluta discreción. El pecado no es adquirido, se halla férreamente adherido al hombre, porque es parte de su naturaleza. ¿Imaginas tú un absurdo mayor a este: ser pecador y estar inhibido de ejercer el pecado? Todo hombre prudente debe hacerlo, tratando siempre de ocultarlo. »¿Acaso tú ignoras que en todas las sociedades no se castiga el vicio por amor a la virtud, sino más bien por el perjuicio que este les otorga a los ciudadanos? La virtud que se exhibe es tan censurada como el vicio que se propaga. La verdadera virtud raras veces se halla. Es frecuente ver a quienes nos gobiernan presumir de ser muy virtuosos, pero esta pretensión es tan solo una fábula. El inspector de Policía y el juez de instrucción, ambos discípulos míos, iniciados en la fe, me revelaron faltas muy graves. El primero me dijo que había dado muerte a uno de sus gendarmes, para apropiarse de su esposa; el segundo me afirmó que otorgó la libertad a varios sicarios, a causa de estipendios exuberantes. Aurelia no mentía cuando esto afirmaba; solo que aquellos hombres no eran sus prosélitos; ellos eran poseedores de su cuerpo. Lugo experimentó una vasta vitalidad anímica al saber que estos hombres, baluartes de la Ley, habían incurrido en actos delictivos; su complexión vulnerada anheló imitar estas inclinaciones. Volver a la página del libro |
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