LO QUE MAISIE SABÍA


Lo que Maisie sabía
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por Henry James
Libros En Red, 2006
COLECCIÓN: Relatos (vea otros libros de la misma colección)

Edición Electrónica
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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO

–¿Él sabe que miente? –fue lo que Maisie le preguntó alegremente a la señorita Overmore en la ocasión que iba a conducir tan súbitamente a un cambio en su propio modo de encarar la existencia.

–¿A quién te refieres? –dijo la señorita Overmore mirándola desconcertada; se había calzado una media en la mano y estaba remendándola con una aguja que en el acto detuvo suspendida en el aire. Su labor era humilde, pero sus movimientos, como todos los que hacía, estaban llenos de gracia.

–Pues a papá.

–¿Dices que «miente»?

–Es lo que dice mamá que debo decirle: «Que miente y que sabe que miente.» –La señorita Overmore se acaloró visiblemente, aunque se rió a carcajadas hasta el punto de echar la cabeza hacia atrás; luego volvió a ponerse a remendar la media contra su cubierta mano con ademanes tan enérgicos que Maisie no se explicó cómo podía resistir los pinchazos–. ¿Debo decírselo? –redundó la niña. Fue entonces cuando su compañera le habló con el lenguaje inequívoco de un par de ojos de un profundo gris oscuro. «No puedo contestar que no –respondieron esos ojos de la forma más nítida posible–; no puedo contestar que no porque me da miedo tu mamá, ¿no te das cuenta? Y sin embargo, ¿cómo podría contestar que sí después de que tu papá se haya mostrado tan atento conmigo, hablándome tanto rato el otro día, sonriendo y exhibiendo para mi placer aquella hermosa dentadura cuando nos lo encontramos en Hyde Park, aquella vez que, regocijándose nada más vernos, abandonó a los caballeros con quienes estaba conversando y se nos acercó y nos acompañó, permaneciendo con nosotras media hora?» A la luz de los preciosos ojos de la señorita Overmore el episodio retornó extrañamente a la memoria de Maisie con un encanto que el episodio no poseyera cuando se produjo, y ello pese a que, después de concluido, su institutriz no había aludido a éste salvo una única vez. Camino de casa, una vez que papá se hubo despedido de ellas, la señorita Overmore había expresado su esperanza de que la niña no comentara aquello delante de mamá. A Maisie le agradaba tantísimo su institutriz, y disfrutaba tantísimo de la encantada sensación de agradarle ella, que adoptó este comentario como su guía en el asunto y se plegó a él cavilosamente. Tal cavilosidad revivió en este momento, revivió al evocar las palabras que papá le dirigiera a la señorita Overmore:

–No tengo más que mirarla para caer en la cuenta de que es usted una persona a quien puedo apelar para que me ayude a salvar a mi hija.

La ignorancia de Maisie sobre de qué era de lo que había que salvarla no disminuyó el placer de la idea de que la señorita Overmore estaba salvándola. Y desde entonces dicha idea pareció hacerlas aferrarse la una a la otra como si estuvieran jugando apasionadamente al «corro de la patata».

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Hace un tiempito hablábamos de los seudónimos, esos nombres de fantasía que los autores eligen, por distintos motivos, para enmascarar su identidad...