Una de las creencias más incorporadas a la cultura argentina es la de suponer que el país se ha regido durante el siglo veinte por las leyes del capitalismo por el sencillo hecho de que existieron la propiedad privada y el capital.
Analógicamente, esto sería como decir que la sola existencia del cemento y del ladrillo es suficiente para construir una casa. (Fragmento del capítulo "Las creencias").
Casi todas las exposiciones y análisis que investigadores y periodistas realizan sobre el proceso de involución del desarrollo argentino se exculpa generalmente a la población, señalando que ella es una inocente víctima. La identidad de los culpables varía según la ideología del que lo señala: la manipulación de los países poderosos, los populistas ambiciosos del poder, los perversos conservadores, liberales, fascistas, izquierdistas totalitarios, neoliberales, ingenuos progresistas, políticos corruptos, empresas expoliadoras de la riqueza, extranjeros codiciosos, la curia católica reaccionaria, los militares golpistas, la España colonizadora de los reyes, son sólo algunos de los tantos "malvados" que pulularon y aún proliferan por el mundo, aparentemente obsesionados por someter a los argentinos.
Si aceptáramos sólo una porción de todas estas maquinaciones como probable realidad, resultaría altamente llamativa la cantidad de energía que el mundo insumió e insume en el objetivo de dominar a la Argentina. (Fragmento del capítulo "El pueblo no es inocente").
Una creencia que encierra una paradoja y esconde una actitud hipócrita, es la de la necesidad y conveniencia de la aparición de un líder, fuerte y popular, para que, justamente, se ocupe de crear y custodiar a las instituciones.
Es que, si este conductor ideal apareciera, no sería una garantía de desarrollo social y político, pues ocuparía el doble rol de ?salvador y carcelero? al generar la inevitable dependencia que deriva del hecho de que el poder de los líderes no se transfiere. En estas circunstancias, me permito asegurar, sería un imposible pues, para ese hipotético líder, construir buenas instituciones significaría renunciar a su monopolio del bien y con ello, a su estilo de liderazgo fuerte. Por el contrario, el poder de las instituciones se mantiene independientemente de quienes sean los que las conducen. (Fragmento del capítulo "La hipocresía argentina").
La letra del famoso tango "Cambalache" no se escribió en el año 2000. Su autor, Enrique Santos Discépolo, la hizo en 1934. Era el reflejo del país de entonces y fue esa la Argentina que engendró todos los desgobiernos que se sucedieron durante los siguientes setenta años. Claro, cuando la incoherencia queda circunscripta al ámbito familiar, laboral o afectivo, los daños derivados de la misma están acotados al micro mundo del individuo. Pero cuando esta alcanza a la administración pública, su daño se potencia al expandirse a través del poder que emana del Estado. Podemos deducir que el continuo cambio de las ?reglas de juego? en la sociedad muestra, ni más ni menos, el desorden emocional, ideológico e intelectual que sufren sus habitantes. (Fragmentos del capítulo "El artículo primero").