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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO La chica giró el volante. La ruta se curvó alrededor de unas rocas negras y comenzó a descender por un tortuoso torrente. En los límites de la visión el horizonte se encendía en un rojo intenso, hasta que el camino se perdía como un río en un mar de sangre. Una cosa que los asombró fue la quietud. Nada se movía. No se veía ningún ser viviente. Las pocas casas que cruzaron estaban oscuras y cerradas como tumbas. Avanzaban en un mundo muerto, vacío de sonidos. Las rocas se abrían ante ellos y luego se cerraban detrás, como impidiéndoles volver. Pero todo permanecía tranquilo. A veces, sin que pudieran reconocer su origen, escuchaban el rumor volátil de misteriosos enjambres. Iván se halló invadido por los más negros presentimientos. -Pienso en Andrei -le dijo a Milla- pero también pienso en ti. -No podemos abandonarlo. -Eso no -Iván hizo una larga pausa-. Llévate el autobús y vuelve. -¡No! -Arreglaré uno de los jeep. -Iván, nada me va a separar de ti. Si me dejas te seguiré, aunque tenga que cruzar la montaña arrastrándome sobre las piedras -dijo ella, e Iván supo que no la convencería. Continuaron juntos. Mientras avanzaban se sentían cada vez más oprimidos por las tinieblas. Volvieron las sombras misteriosas, se desplazaban en la altura, invisibles, pero un batir del aire las delataba. Su sola aparición les generaba un miedo incontrolable. Ya estaban cerca del Abismo. Una llama sombría se elevaba tras los picos y su lamento helaba la sangre. Fue tan grande el miedo que sintieron que Iván detuvo el autobús. Estaba en un total estado de aturdimiento, incapaz de continuar y a la vez seguro de que era imposible volver atrás. Permaneció tenso y en silencio, Milla no pronunció palabra, sus ojos lo contemplaban en las sombras con una luz dolorosa. La oscuridad se había hecho tan densa que apenas podían verse el uno al otro. Volver a la página del libro |
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