El primero de los camiones se detuvo, bajaron varios milicianos muy aprisa y al grito de "¡Alto ahí o disparo!", cargaron con sus fusiles al hombro.
Creyéndose perdido y muerto, Antonio, dolorido, se levantó de espaldas a ellos y alzó sus brazos. Le ordenaron que se girara y, con los mosquetones apuntándole, bajó lentamente la empinada cuesta.
Al acercarse, descubrió alentado que eran compañeros suyos, milicianos que por alguna razón venían de Pozoblanco, aún en manos republicanas. Sintiéndose un poco más seguro, exclamó:
-¡No disparéis! ¡Soy de los vuestros! ¡Soy republicano! ¡Lo puedo demostrar! ¡Soy enlace! -y entonces se le ocurrió una idea para explicar por qué se hallaba allí-: ¡Me he perdido!
Uno de los milicianos, bajando el arma, gritó:
-¡Teniente, mi teniente...! Que dice que es un enlace y que se ha perdido.
-¡Que te enseñe los papeles! -ordenó alguien desde la cabina del vehículo.
Al oírlo, Antonio bajó tembloroso su brazo derecho e introdujo la mano en el bolsillo de su camisa. Su corazón dio un vuelco al no encontrar el salvoconducto que lo acreditaba. Quizás lo había perdido junto al caballo, o se le había caído al rodar monte abajo, o se lo habían robado...
El soldado lo miraba fijamente mientras el sudor corría por su frente, su corazón luchaba por romper su camisa y un curioso estado de semiinconsciencia se apoderaba de él. Intentando no caer mareado, deseaba decir algo, cualquier cosa que sirviera para retrasar la orden del disparo mortal, pero su boca estaba tan seca y paralizada como su cerebro. Los mosquetones seguían apuntándole a la cabeza y él continuaba sin saber qué hacer o qué decir, con el brazo izquierdo en alto y con la mano derecha inmóvil en el bolsillo. Supo que estaba a punto de morir y se lamentó al pensar que, finalmente, ello sucedería estando a tan solo 12 kilómetros de María.
Justo en el instante en que el tiempo transcurrido comenzaba ya a ser sospechoso, de pronto notó un roto en el forro del bolsillo. Metió un dedo por el agujero y, ya al borde del desmayo, tocó lo que parecía ser un papel. Un rubor caluroso le subió desde las entrañas y, levantando bruscamente ambos brazos, dio un fuerte alarido al mostrar los papeles que le salvarían.
El soldado escrutó el salvoconducto.
-¡Mi teniente! Es verdad, es de los nuestros... ¡Es de los nuestros!