Excato ordenó que partieran mensajeros en todas direcciones y que recorrieran el imperio buscando a los jóvenes más valientes de cada ciudad y de cada aldea. "Necesito que encontréis a los cien hombres más valerosos de entre vosotros", dijo. Al poco tiempo empezaron a llegar muchachos por los caminos. Había labradores de mirada plácida, cuya piel olía a cereales y a tierra joven, y había también pescadores que caminaban separando los pies. Los últimos en llegar fueron los mineros del oeste, que se protegían del sol con sombreros de ramas y que acudían desde los lejanos yacimientos de la frontera occidental. Algunos eran afables y otros infames, pero todos compartían la misma mirada de orgullo inconsciente que delata a las personas que han sentido a menudo la admiración de sus semejantes.
Excato tardó diez días en elegir a los verdaderamente excepcionales, mirándoles a los ojos, y de entre ellos escogió a los más altos y robustos. Después les ordenó descender con él a los sótanos del palacio, donde se custodiaba el tesoro de la nación. El guardián era un anciano que jamás había salido al exterior y cuya piel era como la del vientre de las ranas. Reconoció a Excato, a pesar de que nunca le había visto. Se postró inmediatamente y permitió que los escogidos se acercaran a los portones. Éstos no tenían cerraduras, pero eran tan grandes que el extremo superior se perdía en la oscuridad, cerca del techo invisible, y los cien jóvenes tuvieron que usar toda su fuerza para moverlos. En el ámbito de la estancia flotaba aún el aroma de algas de la Reina Ni, una lejana antepasada de Ti que había sido la última en acceder a la inmensa cámara, más de cien años antes. Junto al tesoro incalculable, apilado con desidia junto a los muros, estaban las cien armaduras sagradas que, según manifestaban las crónicas, pertenecieron a la raza de gigantes que había fundado el imperio. Los jóvenes se colocaron las corazas de oro puro sin vacilar, a pesar de que ningún mortal las había tocado hasta ese día.
Excato los sometió a un suplicio implacable. Les hizo marchar durante horas alrededor del palacio, hasta que lloraron en silencio a causa del agotamiento. El ángel se movía entre aquellos gigantes como un pequeño dios furioso y vociferante. Sus pies sangraban también, a causa de las caminatas atroces, pero no cesó hasta contagiarles de su ira feroz. Después, al caer la noche, les hacía luchar entre ellos a la luz de las antorchas, con pesadas armas fabricadas de plomo. Algunos se desmayaban debido al dolor muscular, pero ninguno llegó a lamentarse siquiera para sus adentros. Les enseñó a combatir en grupo, codo con codo, vigilando de soslayo la ubicación del resto de hombres de la línea, y les enseñó también a desdeñar el dolor físico y a mantener la posición incluso cuando éste les abrumaba. Ordenó confiscar todos los carros de bueyes que prestaban servicio en palacio y desmontar los ejes de hierro, cuyos extremos fueron afilados meticulosamente para convertirlos en monstruosas armas que un hombre corriente apenas hubiera podido levantar del suelo por uno de los extremos. Los cien aprendieron a lanzarlos a cuarenta pasos de distancia, y podían derribar un muro de adobe con ellos. Una mañana, un poco antes de salir el sol, Excato les comunicó sin preámbulos que partían inmediatamente a derrotar a los salvajes. Cruzaron la ciudad al trote, y los ciudadanos se revolvieron atemorizados en sus camas cuando las vasijas que tenían sobre la chimenea comenzaron a entrechocar rítmicamente y el polvo se desprendió de las vigas, a causa de la vibración que originaron los escogidos al pasar junto a sus casas.