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HOJEE EL INTERIOR DEL LIBRO Es cierto que antes y después de Guillermo el Conquistador hubo Parlamento en Inglaterra; los ingleses se vanaglorian de ello, como si esas reuniones, que entonces se llamaban parlamentos, compuestas por eclesiásticos tiránicos y bandidos llamados barones, hubieran sido guardianes de la libertad y de la felicidad popular. Fueron los bárbaros, que desde las riberas del Báltico se expandieron por toda Europa, quienes impusieron la costumbre de esos estados o parlamentos, de los que tanto se habla pero son tan desconocidos. Es verdad que los reyes en esa época no eran déspotas, pero a pesar de ello los pueblos debían soportar un servilismo miserable. Los capitanes de los salvajes que asolaron Francia, Italia, España, Inglaterra, se transformaron en monarcas; sus lugartenientes se repartieron las tierras de los vencidos, dando así origen a los margraves, los «lairds», los barones, tiranuelos que disputaban a sus soberanos los despojos de los pueblos, aves de rapiña que luchaban con un águila para robarle la sangre a las palomas; cada pueblo tuvo cien tiranos en lugar de un amo. Enseguida intervinieron los sacerdotes. Los galos, los isleños de Inglaterra, habían sido gobernados por los druidas siempre y por los jefes de las ciudades, una clase antigua de barones, menos tiránica que sus sucesores. Los druidas decían ser los intermediarios entre la divinidad y los hombres; dictaban leyes, excomulgaban y condenaban a muerte. Poco a poco, los obispos, durante el dominio de los godos y los vándalos, se adueñaron del poder temporal, y sirviéndose de ellos, los papas, con breves apostólicos, bulas y monjes, hicieron temblar a los reyes, les arrebataron el poder, les hicieron asesinar y se apoderaron de todo el dinero que pudieron en Europa. El imbécil de Inas, uno de los tiranos de la heptarquía de Inglaterra, fue el primero que durante una peregrinación a Roma aceptó pagar el dinero de San Pedro (alrededor de un escudo de nuestra moneda) por cada casa de su territorio. Pronto toda la isla imitó el ejemplo y, poco a poco, Inglaterra se transformó en una provincia del Papa, el cual enviaba de cuando en cuando a sus legados para cobrar los exorbitantes impuestos. Juan Sin Tierra, que había sido excomulgado por Su Santidad, concluyó por cederle el reino. Los barones, disgustados por semejante medida, destronaron al miserable rey y pusieron en su lugar a Luis VIII, padre de San Luis, rey de Francia. Pero enseguida se cansaron del recién llegado y lo obligaron a atravesar de nuevo el mar. Mientras que los barones, los obispos, los papas desgarraban así a Inglaterra, donde todos querían mandar, la más numerosa, la más virtuosa y por consecuencia la más respetable parte de los hombres, compuesta por los que estudian las leyes y las ciencias, los artesanos, los negociantes, en suma todos los que no eran tiranos, el pueblo era mirado como un animal por debajo del hombre. Era necesario que las comunas tuvieran parte en el gobierno: eran plebeyos; su trabajo, su sangre, pertenecía a sus amos, los nobles. La mayoría de los hombres en Europa era considerada entonces lo que aún lo sigue siendo en muchos lugares de su parte septentrional: siervos de un señor, como un ganado que se compra y se vende con la tierra. Han debido de pasar muchos siglos para que se hiciera justicia a la humanidad, para que se comprobara que es terrible que la mayoría de los hombres siembre para que un reducido grupo de ellos recoja los frutos. Volver a la página del libro |
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