La novia
"Antes de comenzar con los próximos relatos, convendría decir que durante años mantuve una relación en la cual todo el mundo creía, incluso yo misma. Este amor de juventud parecía venir del mundo de las cosas correctas, del confortable universo que desemboca en el altar, sigue en un departamento regalado y continúa en un jardín donde juegan dos chicos, un perro y un abuelo feliz.
Entre separaciones salteadas y peleas oxigenantes estuve varios años con un muchacho al que le encantaba ver televisión, leer libros de historia, conversar con mi papá y tocarme las tetas aplastándome contra cualquier sofá que le hiciera el favor. Durante esos años yo fui inmensamente buena, dificultosamente virgen y dudosamente feliz.
Nuestra separación tuvo lugar en un tren que iba de Retiro a San Isidro mientras sus puertas se juntaban con la precisión de una guillotina. Me bajé diciendo que todo había terminado y él quedó adentro como una mosca en un vaso, gesticulando y prometiendo matrimonio desde una ventanilla.
A pesar de haber sido yo la que pedía matrimonio, jardines, hijos y demás pasaportes de seguridad, siempre lo recordaré agradecida de que él no tuviera el mismo interés. Cuando yo hablaba de matrimonio, él decía que tenía que pensarlo y miraba para otro lado y empezaba a comentar el último partido de rugby en el que había participado.
Con el tiempo, curiosa e inevitablemente, la que se puso a pensar fui yo, y un día, en un estado de marcada desolación, en vez de llegar hasta un altar vestida de blanco y abriéndome paso entre un coro de ángeles, llegué llorando al diván de mi primer psicoanalista. Los psicoanalistas son como el primer amor, después viene otro y otro y otro.... hasta que una se da cuenta de que el alta, como el amor, son inventos necesarios para continuar el relato de la propia vida."