"Sólo soy el sonido de las campanas, con su asentir de hierro, tirando de su cuerda vocal con la maestría del campesino, con cimiento del cuero de tiras de sandalias, alérgicas a un asfalto que es lija glotona, escudera de los inviernos, tan duros como su propia armadura. Solo soy el sonido de campanas, que cuenta cosas a los que oyen, a los que dejan hablar, al polen que deja su cima para caer; porque caer no es malo, lo malo es no florecer".
Es lumbre de los adentros. Esta obra es soneto, romance y, además, blasfemia. La coartada del impulso, el resumen que del autor hicieron los días, el síndrome de Diógenes llevado a la palabra: la necesidad de sacar todo lo que estorba antes de que se pudra y el hedor de las vocales y las consonantes sea irrefrenable. Sacarlo; compartir en vez de amontonar. Así, el lector tendrá más lleno el corazón.
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